Los trabajos de reconstrucción de Einbroch avanzaron a una velocidad asombrosa. Decenas de Blacksmiths y Whitesmiths trabajaban sin descanso, sus martillos resonando como un himno de acero sobre las murallas. Las chispas de la forja iluminaban las noches como estrellas caídas, y la ciudad renacía más fuerte que nunca.
Se erigió un altar en honor a todos los Gunslingers y aventureros que habían entregado su vida en la batalla. Las placas grabadas con sus nombres brillaban bajo el sol, un recordatorio eterno de su sacrificio. Además, se celebró una ceremonia solemne para todos los que estuvimos involucrados y vivimos para contarlo. Las palabras de gratitud resonaron en cada rincón de la ciudad.
Muchos Gunslingers fueron aceptados en el proyecto Rebellion, pues habían demostrado con creces que poseían lo necesario. La sangre derramada se convirtió en temple.
El líder del gremio nos otorgó un rango elevado. A Kazu y a mí nos nombraron parte de la mesa redonda del gremio, el círculo de confianza donde se tomaban las decisiones más importantes. El peso de la responsabilidad era grande, pero lo recibimos con honor.
Durante tres días, Einbroch se vistió de fiesta. Las calles se llenaron de música, risas y brindis. La gente dejó de ver a los Gunslingers como almas solitarias que solo velaban por lo suyo; ahora éramos héroes, protectores. Aunque, fieles a nuestra naturaleza, la base del gremio seguía oculta. Algunas costumbres nunca mueren.
Al cuarto día, todos esperábamos frente al hospital. El aire vibraba con una expectación silenciosa. Criss había sido dado de alta, completamente curado. Cuando las puertas se abrieron, salió con una sonrisa arrogante y su brazo mágico brillando con un tenue resplandor.
—Soy tan fuerte que derroté a un legendario con este brazo —dijo, alzándolo con orgullo.
Soltamos una carcajada colectiva. Pero en el fondo, todos sabíamos la verdad: Criss era un prodigio, un mago único cuyo valor había inclinado la balanza en la batalla más difícil de nuestras vidas.
Sentí una oleada de orgullo al contemplar al grupo que habíamos formado. Ya no éramos desconocidos que coincidieron por casualidad; éramos hermanos de batalla, unidos por el fuego y el acero.
Dimos la bienvenida como se merecía a Levt, nuestro caballero, que ahora ostentaba el título de Lord Knight. Había sido ascendido por su desempeño increíble en la guerra, y su armadura relucía con un brillo nuevo, ganado a pulso.
Entonces, Kazu dio un paso al frente. Carraspeó, incómodo, como quien no está acostumbrado a mostrar sentimientos.
—Quiero unirme al grupo —dijo, y antes de que nadie pudiera responder, añadió con un tono más bajo—. Siempre seremos rivales, lo dejo claro… pero admito que trabajamos bien en equipo. Además… —hizo una pausa y desvió la mirada— así estaré más cerca de mi único amigo.
Focalor se sonrojó al instante. Intentó ocultarlo, pero una sonrisa tonta y enternecida se escapó de sus labios. Todos lo notamos, pero nadie dijo nada. Algunas cosas no necesitaban palabras.
Sin embargo, no todo era celebración.
Desde las sombras, alguien nos observaba. Una presencia invisible, pacientes y calculadora, nos vigilaba. Sabía que éramos más fuertes que antes. Sabía que habíamos recibido una recompensa por la victoria, y eso nos convertía en objetivos. La fama era un arma de doble filo.
Además, aún teníamos un misterio por resolver: la identidad de la persona que rescató a Lion. Aquella figura encapuchada, veloz como un parpadeo, que se lo había llevado sin dejar rastro. Alguien increíblemente fuerte. Alguien que jugaba un papel en esta partida que apenas empezábamos a comprender.
La paz aún no era un hecho. Ahora, más que nunca, debíamos ser precavidos. Éramos reconocidos en cualquier lugar al que fuéramos, y no todos los ojos que nos seguían eran amistosos.
El festejo terminó, pero el camino apenas comenzaba.
Con más razón, debíamos estar listos para luchar.
Porque lo que se avecinaba haría que la batalla de Einbroch pareciera solo el prólogo.
FIN CAP 52