Capítulo 48: Revelación

En una tierra lejana, conocida como el Campo de Entrenamiento, el maestro Rex observaba a través de una pantalla mágica los últimos acontecimientos que se estaban suscitando en el reino. La imagen mostraba el polvo asentándose tras una batalla perdida.

Rex esbozó una sonrisa torcida y murmuró para sí mismo:

—Pobre Ookarin… Eras un buen paladín, pero veo que no pudiste contra esos dos.

En ese momento, una Kafra ingresó a la sala con una reverencia.

—Señor, ¿qué opina del grupo más reciente?

Rex retiró la vista de la pantalla y respondió con tono calmado:

—Es interesante, pero creo que debo involucrarme más.

La Kafra asintió, sus ojos brillaron con una chispa de eficiencia.

—Entonces, ¿procedo con los preparativos?

Rex solo afirmó con un gesto. La Kafra desapareció tan silenciosamente como había llegado.

El maestro que todos conocían y temían se levantó de su asiento con parsimonia. Caminó hacia un soporte donde descansaba una gran espada, la tomó con destreza y se la colocó en la espalda. La hoja emitió un leve zumbido al contacto con su armadura.

—Será interesante ver qué tanto han avanzado estos novatos que secuestramos —dijo, mientras una sombra cruzaba su rostro.

La Kafra, que aún aguardaba en el umbral, se atrevió a preguntar:

—Señor, ¿no nos meteremos en problemas por haberlos invocado sin permiso? El Consejo podría investigar…

Rex soltó una risa seca.

—Solo eran cien. No creo que haya mucho problema. Además… —hizo una pausa, clavando la mirada en un horizonte invisible— este mundo se está quedando sin “héroes”… y yo no puedo quedarme sin diversión.

Muy lejos de allí, en un campamento improvisado bajo la luz de tres lunas, Sophie y Lion se inclinaban sobre un mapa desgastado. Señalaban posibles rutas, decidiendo dónde asestar su próximo ataque. Detrás de ellos, las siluetas de un gran ejército se recortaban contra las hogueras.

De pronto, una presencia imponente surgió de la penumbra. Ambos comandantes sintieron el cambio en el aire antes de verlo, y se arrodillaron al instante. Rex emergió de las sombras como si la oscuridad misma lo hubiera tejido.

Sophie alzó la vista con admiración.

—Señor, qué honor es tenerlo aquí. ¿Ha visto lo que hemos logrado?

Rex asintió lentamente, sus ojos recorriendo el campamento.

—Sí, me he divertido viéndolo… Mas, sin embargo, creo que deben ser más cuidadosos. He monitoreado toda la situación. Hay novatos fortaleciéndose, y pueden generarles un gran problema.

Lion golpeó el suelo con la empuñadura de su hacha.

—¡Pero si somos imparables! ¿Quién podría con nosotros?

—Hay un grupo —la voz de Rex se volvió grave— donde hay un Gunslinger. Pensé que si lo desmotivábamos no llegaría a ser nadie, pero usó esa adversidad como fortaleza. Ahora es un gran aventurero… y su grupo es muy fuerte.

Sophie apretó los puños, sus ojos brillaron con determinación.

—¿Dónde podemos encontrarlo? Entre más rápido acabemos con ellos, más rápido será la conquista.

Rex cerró los ojos, como si buscara una visión lejana.

—Desaparecieron de mi vista, él y un tal Kazu… No sé qué planean, pero hagan caso a mis indicaciones. —Abrió los ojos y los clavó en ellos—. Y, por cierto, quiero discreción. Mi puesto y mi honor permanecen intactos ante los demás maestros. No me fallen.

Sophie y Lion asintieron con la cabeza, sintiendo el peso de la orden. Cuando levantaron la vista, Rex ya había desaparecido en la oscuridad, como si nunca hubiera estado allí.

Sophie se puso de pie y se inclinó de nuevo sobre el mapa, sus dedos trazando una línea hacia una ciudad marcada con tinta roja.

—Debemos investigar el paradero de ese grupo. Sabemos que son Gunslingers… —Levantó la cabeza y una sonrisa feroz se dibujó en sus labios—. Ataquemos Einbroch.

Lion rugió con euforia, alzando su hacha hacia las lunas:

—¡SÍ! ¡EINBROCH CAERÁ!

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